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La palabra (japonesa) podría ser traducida por "bibliomanía" y se refiere a la "pasión" por acumular libros. Muchos más de los que se van a leer.

 

En clase hablamos sobre personajes redondos y personajes planos. También hicimos un ejercicio del libro "Escribir narrativa creativa", de Pasqual Mas: imaginamos un personaje plano, cercano a un estereotipo, y a continuación pensamos cómo sería su opuesto.

 

Reciente o remoto, público o secreto. Todas tenemos un pasado que puede volver en el momento más inoportuno.

 

Acaba la clase y los alumnos recogen cuadernos y se ponen los abrigos. El primero que llega a la puerta da un grito. Está cerrada.

Quien oficia la boda pregunta "si alguien tiene algo que decir, que lo diga ahora o que calle para siempre". Sucede en mil historias de ficción y es un momento que no suele defraudar.

Cartel de no molestar

Pegado sobre el timbre, el cartel advierte: "no llamen al timbre ni toquen a la puerta, gracias". Inevitable hacerse muchas preguntas. A quién espera. A quién no quiere ver. Qué pasa dentro. Quiénes están tras la puerta.

Da para un relato, ¿verdad? Pues al ataque.

 

"El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir". Con estas palabras comenzaba José Saramago su discurso de aceptación del Premio Nobel. Reconocía así una sabiduría más allá de las aulas y universidades, una sabiduría que encontraba bajo las ramas de una higuera y en las historias que su abuelo le contaba hasta que les vencia el sueño.

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